Tu legado espiritual: ¿última generación o generación de transición? – Mensaje IMPACTANTE
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Tu legado espiritual: ¿última generación o generación de transición? – Mensaje IMPACTANTE

En la narrativa del Reino, existe una tensión sagrada entre el anhelo por ver la consumación final y la responsabilidad de ser un eslabón fiel en la cadena generacional de Dios. Muchos aspiran a ser la última generación, pero Dios frecuentemente nos llama a ser una generación de transición, como Moisés, que vio la tierra prometida desde lejos pero preparó a otros para entrar en ella.

Esta verdad desafía nuestra tendencia natural hacia el protagonismo espiritual. Como Moisés en el monte Nebo, algunos estamos llamados a visualizar promesas que otros habitarán, a sembrar árboles bajo cuya sombra nunca nos sentaremos. Esta es la noble tarea de una generación de transición: ser un puente entre lo que fue y lo que será.

Consideremos a José, quien murió en Egipto pero profetizó sobre un éxodo que no vería. Su última petición fue profundamente simbólica: “Lleven mis huesos cuando Dios los visite”. Entendió que su papel no era ser el libertador, sino el visionario que mantendría viva la esperanza para futuras generaciones.

La madurez espiritual se manifiesta en nuestra disposición a ser eslabones en la cadena de propósito divino, no necesariamente el eslabón final. Esta perspectiva generacional nos libera de la presión de “lograrlo todo” y nos permite enfocarnos en nuestra parte específica en la narrativa divina.

Como generación de transición, nuestra tarea es doble: fidelidad en el presente y preparación para el futuro. Debemos construir puentes que quizás nunca crucemos, establecer fundamentos que otros edificarán, sembrar semillas cuya cosecha otros recogerán. Esta es la esencia del pensamiento generacional en el Reino.

La orden divina de “tener hijos” en Babilonia ilustra esta verdad. Algunos morirían en el exilio, pero sus descendientes verían la restauración. Nuestra fidelidad hoy genera libertad para mañana, aunque no seamos nosotros quienes la experimentemos plenamente.

Esta comprensión transforma nuestra manera de ver el éxito ministerial y personal. El éxito no se mide solo por lo que logramos, sino por lo que preparamos para la siguiente generación. Como Juan el Bautista, algunos estamos llamados a disminuir para que otros aumenten, y en esta disminución encontramos nuestra más grande realización en el Reino.

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