Ábrele el camino a Dios
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Ábrele el camino a Dios

17 Volvieron los setenta con gozo, diciendo: Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre. 18 Y les dijo: Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. 19 He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará. 20 Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos.”  Lucas 10:17-20  

En los capítulos anteriores, el Señor los envía; pero cuando los envió, los envió con poder para sanar.  Y ellos comenzaron a usar el poder no tan solo para sanar, sino para reprender demonios.  Si está bien o está mal, tienes que verlo en el contexto.  ¿Por qué a Jesús no le agradó que ellos vinieran con esas ínfulas?  Por dos cosas:  

  1. Regresaron de la misión que el Señor les mandó sin completarla.  Antes de que Jesús viniera aquí a la tierra, para él entrar, siempre tuvo a alguien que le abriera camino.  Juan el Bautista fue el que le preparó el camino al Señor.  Así que, Juan el Bautista tuvo valentía para comenzar a predicar: arrepentíos.  ¿Qué hacía Juan el Bautista?  Rompiendo los límites, abriendo nuevas fronteras para que Cristo entrara.  ¿Qué hizo Juan el Bautista cuando Jesús entró?  Lo señaló como el que habían estado esperando.  Así que, el terreno que Juan el Bautista conquistó, era para abrírselo a Cristo para que todo el mundo lo viera, lo entendiera.  Ahora, Juan el Bautista no está, y ¿qué hace Jesús?  Prepara discípulos para que le abran el camino.  Por eso es que en este capítulo y en el anterior, les dice: los envío para que sanen enfermos, vayan a las aldeas y comiencen a prepararme el camino; vayan rápido, no se llevan capa ni espada; yo les voy a proveer en el camino.  ¿Por qué?  Porque Jesús quería ir a la mayor cantidad de aldeas posible, y necesitaba alguien que hubiera conquistado ese terreno.  Pero la conquista de ese terreno no era para que los discípulos dijeran: los demonios se nos sujetan en tu nombre.  No se trata de que se sujeten a ti en el nombre de él, se trata de que tú fuiste allí para abrirle el camino para fuera alguien y le mostrara al resto del mundo quien él es, y no tan solo sean sanos, sino que sus almas, sus espíritus sean transformados.  

Tú no te debes gozar en tu prosperidad, no te debes gozar únicamente en las cosas que Dios te ha dado y en el avance que tú has tenido; tú lo que debes es saber que eso es tan solo la apertura del camino para que Jesús pueda mostrarse a la vida de otros para que puedan conocer al verdadero Dios.  Somos nosotros los encargados de abrirle camino al Señor.  Nosotros conquistamos la tierra, avanzamos para que Él pueda entrar y para que el mundo lo pueda conocer a Él porque solo así es que la vida de la gente va a cambiar.  

En el momento en que te enfocas únicamente en ti, te olvidas de cuál es tu verdadera misión.  

Jesús les da el mismo poder, y les dice: vayan y ábranme camino; cuando la gente me vea a través de ustedes, nos vamos a quedar con todo; no tan solo con el territorio, sino con la parte espiritual, la del alma.  Ahí es donde tenemos que hoy, como creyentes, enfocar nuestras vidas.  Por eso es que necesitamos alcanzar nuevas fronteras.  Por eso es que tú necesitas prosperar, crecer, avanzar en tu vida; para que haya una apertura, y detrás de ti, pueda llegar el Señor.  La pregunta es cómo hacemos esto.  

¿Cómo comenzamos a demandar de ese poder que está en nuestro interior?  ¿Cómo comenzamos a demandar del Espíritu Santo que está en nosotros, para poder conquistar las nuevas fronteras, los nuevos límites, y hacer cosas que antes jamás habíamos soñado?  

Tenemos que aceptar una gran misión, dentro del contexto en el que vivimos; y ahí es que está el gran reto.  

Dios llama a Moisés en un momento crucial.  Moisés estaba en el desierto; llevaba allí cuarenta años, y vio una zarza ardiendo que no se consumía.  Y se detiene allí, y comienza a hablar con Dios.  Y Dios comienza a decirle varias cosas.  

6 Y dijo: Yo soy el Dios de tu padre, Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob. Entonces Moisés cubrió su rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios. 7 Dijo luego Jehová: Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus exactores; pues he conocido sus angustias, 8 y he descendido para librarlos de mano de los egipcios, y sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y ancha, a tierra que fluye leche y miel, a los lugares del cananeo, del heteo, del amorreo, del ferezeo, del heveo y del jebuseo. 9 El clamor, pues, de los hijos de Israel ha venido delante de mí, y también he visto la opresión con que los egipcios los oprimen. 10 Ven, por tanto, ahora, y te enviaré a Faraón, para que saques de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel. 11 Entonces Moisés respondió a Dios: ¿Quién soy yo para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel? 12 Y él respondió: Ve, porque yo estaré contigo; y esto te será por señal de que yo te he enviado: cuando hayas sacado de Egipto al pueblo, serviréis a Dios sobre este monte. 13 Dijo Moisés a Dios: He aquí que llego yo a los hijos de Israel, y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre?, ¿qué les responderé? 14 Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY.Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros. 15 Además dijo Dios a Moisés: Así dirás a los hijos de Israel: Jehová, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Este es mi nombre para siempre; con él se me recordará por todos los siglos.”  Éxodo 3:6-15  

¿Por qué Moisés le pregunta a Dios en nombre de quién iría?  Moisés sabía que ellos le iban a preguntar.  La más grande batalla de Moisés era ir a sacar a un pueblo que en un momento dado, en su mayoría, había pensado que Dios se había olvidado de ellos.  Peor aún, habían comenzado a vivir como si Dios no existiera.  Y en la vida, a veces tenemos tantas complicaciones, tantas dificultades, tantos problemas, que no hay rastro en nuestra mente de que Dios esté con nosotros.  A veces, pasamos por tantos momentos complicados, duros, que en nuestra mente es fácil pensar que Dios no está en ninguna parte de nuestra vida.  A veces, miramos alrededor y se nos hace muy complicado poder ver, experimentar y creer en la presencia de Dios, sin darnos cuenta que en realidad es todo lo contrario.  En medio de toda nuestra vida, de todo el caminar, no es Dios quien se olvida de nosotros; somos nosotros que nos olvidamos de Dios.  

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